Pesca en Río Revuelto: La Instrumentalización del Dolor Negro en el Juego Electoral Colombiano
Pesca en Río Revuelto: La Instrumentalización del Dolor Negro en el Juego Electoral Colombiano
Por: Jonh Jak Becerra
En el preludio de las elecciones
de 2026, cuando el país se encamina hacia la renovación del Congreso y la
elección de quien sucederá a Gustavo Petro en la Presidencia, se avivan
nuevamente los gestos vacíos de solidaridad institucional con el pueblo negro.
Hace unos días, se viralizó el reclamo de Duvalier Sánchez Arango,
Representante a la Cámara por el Valle del Cauca, dirigido a la gobernadora
Dilian Francisca Toro. El motivo: el abandono crónico del Distrito Especial de
Buenaventura, una ciudad donde más del 88% de la población es afrodescendiente.
Pero lo que a primera vista
puede parecer un acto de denuncia política, es en realidad una puesta en escena
recurrente en el teatro electoral colombiano. Buenaventura, como Tumaco, el
Chocó y todo el litoral pacífico, se ha convertido en el escenario perpetuo del
despojo, la desmemoria y la manipulación. No es un problema de “gestión” ni de
“desarrollo”, como repiten los tecnócratas en su dialecto desideologizado. Es
un síntoma profundo del racismo estructural que define a la nación. Un racismo
que no es un accidente, sino un diseño.
El Racismo como Estructura, No
como Excepción
Desde el centro político y
geográfico del país, se ha construido una narrativa que busca exculpar al
Estado-nación de su rol histórico en la producción del sufrimiento negro. Se
insiste con terquedad en que el Pacífico es pobre porque su geografía lo condenó,
como si la selva o la lluvia fueran agentes coloniales. Dicen: “Es
difícil desarrollar esa región, la vegetación es hostil, el aislamiento natural
impide el progreso”. Y, sin embargo, otras naciones —Filipinas,
Vietnam, incluso el Caribe insular— han demostrado que la geografía no es
obstáculo cuando el Estado tiene voluntad política y no desprecio racial.
Esta explicación geográfica es
una coartada. Es la coartada de una nación que se niega a mirarse en el espejo
de su historia esclavista, colonial, extractivista y profundamente antinegra.
Colombia no ha fallado en llevar desarrollo al Pacífico; ha sido consistentemente
eficaz en otra tarea: extraer, depredar y despojar. El puerto de Buenaventura,
joya estratégica del comercio nacional, es testigo silencioso de una paradoja
brutal: riqueza que pasa, miseria que queda.
El Dolor Negro como Capital
Electoral
Cada ciclo electoral, los
partidos tradicionales —y ahora también algunos alternativos— despliegan un
guion ya conocido. Usan la tragedia negra como carne de campaña, la pobreza
como escenografía para promesas que no tienen intención de cumplir. Se pronuncian
discursos, se filman documentales, se hacen visitas “simbólicas”, y luego el
silencio. El problema no es solo la inacción, sino la desvergüenza con la que
se instrumentaliza el dolor negro para pescar votos en río revuelto.
El sistema político colombiano
no solo ignora a la población negra: la necesita marginada. Porque en su
marginación reside su utilidad política. El negro es útil mientras sufre, pero
nunca cuando exige. Es funcional mientras es víctima, pero incómodo cuando se
convierte en sujeto político. Y es ahí donde el racismo muestra su verdadera
cara: no como un acto de odio individual, sino como una maquinaria de exclusión
sistemática.
La Necesidad de una Nueva
Lectura del Poder
Como Walter Rodney lo demostró
en Cómo Europa subdesarrolló a África, no se trata solo de la
ausencia de desarrollo, sino de la presencia activa del subdesarrollo como
política. El Pacífico colombiano no está abandonado: está intencionalmente
relegado. Y esa relegación no es un error del sistema; es uno de sus pilares.
Frantz Fanon, en su desgarradora
lucidez, entendió que el colonialismo no se contenta con dominar el cuerpo del
oprimido; busca también destruir su psique, su imaginario, su sentido de valía.
El racismo colombiano ha logrado eso con maestría: ha convencido incluso a
muchos de sus propios hijos negros de que su dolor es natural, que la pobreza
es su destino, que el progreso es un favor y no un derecho.
Y, sin embargo, la resistencia
negra persiste. La voz de Buenaventura no es un lamento pasivo. Es una
denuncia. Es un llamado a desmantelar el racismo sistémico, a romper con la
complicidad de los silencios, ya exigir un nuevo pacto social en el que la dignidad
no sea un lujo racializado.

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